Mateo abrió la puerta. Una mujer entró con el periódico bajo el brazo y una bolsa de pan.
—Aprendí a leer aquí —dijo—. ¿Dónde está la pintura?
Detrás llegaron un vendedor del mercado, dos antiguas alumnas y un albañil con su hija. Tuve que hacer sitio junto a la pared.
Todos hablaban a la vez. Esteban levantó una mano.
—Gracias por venir. Pero necesito una entrada para los muebles, no solamente buenos recuerdos.
El albañil se adelantó.
—Soy Julián. Podría revisar la puerta del patio. Quizá se pueda ampliar.
—¿Cuánto costaría? —preguntó Esteban.
—Primero hay que medir.
Amalia llegó cuando ya éramos quince. Miró el mural y después a Esteban.
—Queremos conservar la pared. No cerrar su taller.
Él dejó el periódico sobre una mesa.
—Puedo esperar dos semanas. Después necesito una solución y dinero.
Anoté la fecha. No habíamos salvado el mural todavía, pero los trabajadores guardaron sus herramientas.
Durante los días siguientes aprendí que reunir dinero era más difícil que repartir periódicos.
Julián revisó la entrada del patio. Midió, golpeó suavemente los muros y preparó una lista de materiales. La entrada más ancha permitiría meter los muebles sin tocar la pintura.
—También entraría más luz al patio —explicó Esteban—. Eso me serviría para trabajar.
Yo propuse vender copias de mis fotografías.
—Con su permiso —le dije a Amalia—. Pondremos su nombre debajo.
—Y el precio bien claro. La gente debe saber para qué paga.
Preparamos una caja y un cuaderno. Anotábamos cada venta. Las copias costaban poco: una mujer compró dos y un muchacho contó sus monedas para llevarse una.
Por las noches, mientras se secaban las fotografías, yo revisaba las cuentas. Me dolían los pies y soñaba con números.
El décimo día todavía faltaba dinero.
Fui a ver a Esteban. Él estaba dibujando una mesa.
—No hemos reunido todo —admití.
Me enseñó sus cuentas.
—Yo pagaré esta parte. La nueva entrada mejora el taller. Es justo que también me toque.
Lo miré sin encontrar palabras.
—No se quede callada ahora, Teresa. Necesito saber si alcanza.
Alcanzaba.
El jueves de la segunda semana nos sentamos con el dueño del edificio. Esteban firmó un acuerdo para conservar la pared y permitir visitas el primer domingo de cada mes. El dueño firmó también.
Mateo quiso guardar una copia.
—Tengo llaves de puertas que ya no existen —dijo—. Un papel más no me hará daño.
Amalia leyó todo despacio.
—Cumplir una promesa lleva trabajo —me dijo.
—Y bastantes viajes a la imprenta.
—Eso también.
La reparación no empezó con cubetas de agua. Una especialista en pintura antigua vino a revisar los daños.
—Primero hay que detener la humedad. Después veremos cómo limpiar sin quitar el color.
Amalia cruzó los brazos.
—Por fin alguien que no quiere arreglarlo todo con un trapo.
Varias semanas después abrió el taller. Olía a madera nueva y café de olla. Afuera sonaban los autobuses; dentro, Esteban enseñaba sus primeras sillas.
La placa junto al mural era sencilla: «Amalia Ríos. Mural pintado en 1934».
—¿Está bien? —pregunté.
Amalia pasó un dedo por su nombre.
—Las letras están derechas. Ya es algo.
Pero sonrió antes de apartarse.
Julia llegó con el nuevo periódico. Mi artículo sobre las obras llevaba mi nombre claramente escrito. También aparecía junto a las fotografías.
—Puedes estar orgullosa de este trabajo —me dijo en voz baja—. Ahora tienes que seguir haciendo preguntas.
—¿Incluso cuando molestan?
—Sobre todo entonces.
El domingo siguiente, Amalia dio su primera clase de dibujo en el patio. Tuvimos que hacer sitio entre las mesas. Había llovido y las baldosas aún brillaban.
Mateo apareció con una silla pequeña, recién pintada de amarillo.
—Para la primera alumna. La silla ya sabe quedarse quieta.
La niña se sentó de inmediato.
Después compartimos tamales envueltos en hojas de maíz. Esteban discutía con Mateo sobre cómo hacer una mesa que no se moviera al apoyarse en ella. Julia tenía salsa en un dedo. Amalia le enseñaba a su alumna que una mano podía empezar con cinco líneas torcidas.
La niña se levantó para mirar el mural. Entonces levanté la cámara. Nadie se enderezó ni intentó parecer importante.
Amalia colocó la silla amarilla junto a la niña pintada.
—Esta sí se puede usar —dijo.
Tomé la foto cuando todos empezaron a reír.