El primer sorbo me gustó. El segundo me preocupó.
En la sala de catas, las copas esperaban sobre manteles blancos. Por la ventana entraba el olor de la vendimia: uva aplastada, tierra húmeda y ese dulzor que, durante las primeras semanas de otoño, parecía pegarse a todo el Barrio de la Estación. Haro olía a trabajo. Yo llevaba desde las siete intentando que pareciera una fiesta.
Volví a acercarme la copa a la nariz. Fruta madura, madera bien integrada, una entrada suave. El Linde de Niebla sabía a vino caro. El problema era que no sabía al nuestro.
Comprobé la temperatura del vino: dieciséis grados. Abrí otra botella de la misma añada, el año de cosecha que figuraba en la etiqueta. Probé. Esperé.
Tampoco.
Faltaba aquella frescura que había distinguido al vino premiado. Y el retrogusto, el sabor que quedaba después de tragar, era más corto y dulce de lo que recordaba.
Algo no cuadraba.
Saqué del armario una botella que había traído de casa para preparar la presentación. La había guardado personalmente después del concurso, tumbada, a oscuras y con su número anotado. Si mi memoria estuviera fallando, aquella botella podría demostrarlo.
Serví una tercera copa.
Ahí estaba: la fruta más viva, la acidez limpia, el retrogusto largo. Como abrir una ventana después de pasar horas en una habitación cerrada.
—Tienes cara de estar hablando con un muerto.
Tomás Valcárcel sonreía desde la puerta. A sus cincuenta y ocho años, seguía entrando en las salas como si todos hubiéramos ido a verlo a él.
—Estas dos botellas no cuadran con la muestra del concurso.
Se acercó sin perder la sonrisa.
—Son de la misma añada, Vera.
—Por eso me preocupa.
Le ofrecí las tres copas. Cogió una y la miró al trasluz.
—Podríamos hacer una cata a ciegas. Sin saber cuál es cuál.
—Ahora no tenemos tiempo para juegos.
Dejó la copa sobre la mesa sin probarla.
—Una cata a ciegas no es un juego.
Tomás me puso una mano en el hombro.
—Hija, llevas demasiadas horas aquí. Con la vendimia no descansa nadie. Hasta tú puedes tener el paladar cansado.
Me aparté con la excusa de buscar mi cuaderno.
—He comprobado la temperatura y abierto otra botella.
—Siempre has tenido buen olfato. Nadie lo pone en duda.
Lo dijo con tanto cariño que me sentí desagradecida.
—Pero aquí trabajan veintitrés personas —continuó—. Familias, Vera. Antes de poner en duda nuestro mejor vino, convendría que descansaras.
Miré las copas. Mi sueldo también salía de aquellas botellas. Nunca me había parecido una razón para darles la razón.
Aun así, recordé una cata de mis primeros años, cuando confundí un defecto con una característica de la madera. Lo había explicado ante doce personas con una seguridad admirable. Equivocarse en público debería contar como deporte de riesgo.
—Necesito comprobarlo —dije.
La voz de Tomás se volvió más suave.
—Comprueba. Pero sin asustar a nadie.
Al salir él, apareció Nico con una carretilla. Cargó tres cajas que estaban preparadas junto a los estuches de presentación.
—¿Adónde van?
—Abajo.
—Abajo tenemos bastante sitio. Sé más concreto.
Se le escapó una risa breve.
—Al almacén pequeño. Creo.
—¿Crees?
—Me han dicho que las mueva, Vera. Yo no hago turismo con las cajas.
Tenía las orejas rojas. Conocía aquel gesto: le pasaba cuando llegaba tarde y cuando alguien mencionaba la renovación de su contrato.
—¿Quién te lo ha dicho?
Miró hacia el pasillo.
—Tengo que darme prisa.
No insistí. Lo vi alejarse, procurando que las etiquetas de las cajas quedaran fuera de mi vista.
Llamé a los compradores antes de que salieran de Logroño. Expliqué que había un problema con el lavavasos y que no podía garantizar un servicio adecuado para la cata. Ofrecí nuevas fechas y pedí disculpas.
Era una excusa creíble. El aparato hacía un ruido de tractor desde agosto; por una vez, su mala salud resultaba útil.
Después compré una botella en la tienda de la bodega. Pagué con tarjeta y pedí el recibo.
—¿No te la llevas como muestra? —preguntó la dependienta.
—Hoy prefiero pagar mis dudas.
Fotografié la etiqueta y el número de lote. Llamé a Berta desde fuera.
—Necesito tu laboratorio.
—Qué entrada tan romántica. ¿Qué has roto?
—De momento, nada.
Le conté lo esencial.
—Tráeme la botella cerrada y el recibo —dijo—. Y la de referencia. Sacaré una muestra aquí y dejaré anotado de dónde viene.
—¿Crees que puede haber algo?
—Creo que tienes buen olfato. También creo que mi trabajo consiste en medir cosas, no en admirarte.
En su laboratorio, Berta anotó los números de ambas botellas y escuchó sin interrumpirme. Guardó la que había comprado, todavía cerrada, junto con el recibo. Después sacó una muestra de la botella de referencia y la etiquetó con la fecha y su número. Yo le expliqué cómo la había conservado desde el concurso, y ella también lo apuntó.
Volví a tapar la botella de referencia y la metí en mi bolsa para llevármela a casa.
—Mañana empezamos —dijo—. Esta noche, cena. No se piensa mejor con hambre.
De camino a casa, al cruzar la plaza de la Paz, me llegó el olor a patatas a la riojana de una terraza. Noté entonces que no había comido.
El teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido. Abrí la imagen y reconocí mi puerta: la pintura levantada junto al timbre, el felpudo torcido. La fotografía parecía tomada desde el rellano.
Me detuve entre dos mesas.
Debajo de la foto había una frase: «Si quieres seguir entrando por esa puerta, deja de probar el vino».