No subí a casa. Me quedé bajo la luz de la terraza, entre conversaciones y platos, y llamé a la Guardia Civil. Dije mi nombre sin dificultad. Al describir la fotografía, la voz se me volvió más fina.
Leire Muro me recibió aquella noche. Llevaba el pelo recogido y escuchaba sin terminar mis frases, una cualidad que empezaba a parecerme un lujo.
—Quiero presentar una denuncia —dije, enseñándole el teléfono.
—Vamos a hacerlo. ¿Reconoce la puerta?
—Es la mía. La foto está tomada desde el rellano.
Me pidió que no borrara nada ni contestara. Guardó una copia del mensaje y de la fotografía y anotó el número del remitente y la hora.
—¿A quién le ha dicho que el vino no es el mismo?
Le hablé de Tomás, de Berta y de las cajas que había retirado Nico.
—No debemos dar por hecho que las cajas tengan relación con la amenaza —dijo.
—He probado cientos de botellas de ese vino.
—No pongo en duda su trabajo. Pero una cata, por convincente que sea, todavía no demuestra un fraude.
Me molestó. Después me molestó que tuviera razón.
Al marcharme, llevaba una copia de la denuncia y unas instrucciones claras. Si veía algo extraño, no entraría en casa.
—Conviene andar con ojo —añadió Leire—. Eso significa tomar precauciones, no investigar por su cuenta.
Una patrulla me acompañó hasta el piso. Con mi permiso, los agentes comprobaron que no hubiera nadie dentro. Aquella noche dejé encendida la luz del pasillo. Al parecer, a los treinta y cuatro años todavía podía necesitar una lámpara contra el miedo.
A la mañana siguiente, Berta me recibió en el laboratorio con dos hojas y ningún saludo.
—Hay diferencias importantes.
Dejé el bolso en el suelo.
—Lo sabía.
—Sabías que te sabían distintos. No corras.
Había comparado la muestra de mi botella de referencia, que también le había llevado la víspera, con una muestra de la botella comprada. Me señaló los primeros resultados.
—La acidez y otros valores no coinciden como esperaríamos. Eso apoya tu impresión, pero no demuestra por sí solo qué ha ocurrido ni quién es responsable.
—¿Y ahora?
—Repetir los análisis y conseguir más botellas cuyo origen podamos comprobar. La muestra de referencia también tiene una historia que habrá que verificar.
Me mostró el envase que contenía lo que quedaba de aquella muestra.
—Fecha, identificación y precinto. Si alguien abre esto, el precinto se rompe. Así sabremos si se ha abierto desde que lo cerré. Lo que pasó antes habrá que comprobarlo por otros medios.
También había anotado el número de lote de la botella comprada y guardado el justificante de pago.
—Guarda tú también una copia del justificante —dijo—. Y no des por hecho que dos resultados distintos explican todo el asunto.
Llamamos a Leire desde allí. Berta acordó con ella cómo entregarle los resultados y conservar el material para las comprobaciones necesarias.
Después, Berta me llevó a comer.
Las patatas a la riojana llegaron soltando vapor, con el caldo rojo y ese olor a pimiento que normalmente me arreglaba el día.
—¿Has dormido? —preguntó.
—He vigilado el techo.
—¿Has desayunado?
—Café.
—Eso es una bebida, Vera. No una estrategia.
Partió una patata con la cuchara.
—¿Quién sabía que tenías la botella en casa?
—Tomás me vio llevármela. También se lo dije a Berta, una técnica muy discreta.
—Suena competente.
—Tiene mal carácter.
—Eso conserva el vino mejor que el azufre.
Me reí por primera vez desde la fotografía.
—Este plato pide un vino sincero —añadió—. Con cuerpo, pero sin antecedentes.
—Ese chiste debería analizarse.
—Daría positivo.
Al volver a la bodega, el aire del Barrio de la Estación olía a uva recién descargada. Tomás estaba en la sala de catas, colocando copas que ya estaban perfectamente ordenadas.
—La presentación será dentro de dos días —anunció—. Ya he hablado con los compradores.
—Todavía no hemos aclarado lo de las botellas.
Dejó una copa sobre la mesa con mucho cuidado.
—Vera, llevas semanas agotada. Coge unos días. Pagados, naturalmente.
—No quiero vacaciones.
Su voz bajó.
—Hay familias pendientes de que esto funcione. No podemos permitirnos otro aplazamiento por una impresión.
Noté el calor de la vergüenza en el cuello. Esta vez lo reconocí antes de dejarme llevar por él.
—No es solo una impresión. Y me quedaré trabajando.
Tomás sonrió sin mirarme.
Más tarde, Nico me alcanzó junto al almacén. Retorcía un guante entre las manos.
—Lo de las cajas… Me mandaron moverlas.
—¿Quién?
Miró hacia el despacho.
—Tomás. Pero yo no sabía para qué. No me mires así, que bastante tengo.
—¿Adónde las llevaste?
—Primero déjame explicarte. Había unas botellas que…
El teléfono emitió un pitido breve.
En la pantalla apareció el aviso de la alarma de mi piso: apertura de puerta.
Llamé a Leire antes de salir. Me indicó que no entrara en el edificio y que esperara a los agentes. Obedecí; tenía miedo suficiente para no discutir.
Cuando llegué, la puerta del portal estaba cerrada. Esperé enfrente, mirando mis ventanas.
Después de que los agentes comprobaran que no quedaba nadie, Leire me acompañó arriba. Desde la entrada de la cocina vi los cajones abiertos. El dinero seguía junto al frutero. Parecía que alguien había estado buscando una sola cosa.
—Sin tocar nada, ¿ve si falta algo? —preguntó.
No contesté enseguida. Junto al fregadero había un charco oscuro. Reconocí la etiqueta de mi botella de referencia, todavía pegada a un trozo de vidrio.
Leire me detuvo antes de que me acercara.
Entre los cristales había una nota escrita a mano: «La próxima botella no será lo único que se rompa».