Aquella noche dormí en casa de Berta. Mejor dicho, pasé varias horas debajo de una manta, escuchando su nevera. Cada vez que el motor arrancaba, abría los ojos.
A las siete, Berta apareció con café.
—¿Has dormido?
—He vigilado tus electrodomésticos.
—Estupendo. La lavadora tiene antecedentes.
Dejó la taza delante de mí y se sentó. No me pidió que estuviera tranquila. Se lo agradecí: habría sido como pedirle a una ventana rota que no dejara pasar el frío.
Todavía veía la nota entre los cristales. Alguien había entrado en mi cocina, había abierto mis cajones y había decidido qué debía darme miedo.
—La muestra sigue en el laboratorio —dijo Berta—. La saqué antes de que te llevaras la botella. Está registrada y bien guardada.
—Entonces no lo han destruido todo.
—No. Pero tampoco tenemos todas las respuestas.
Leire llegó poco después. Mientras Berta preparaba otra taza, nos explicó que los agentes estaban comprobando cómo habían entrado en mi piso.
—Conservamos la muestra —dije.
—Es importante —respondió—. Ahora hay que comprobar de dónde salió la botella, quién la guardó y en qué condiciones.
—La guardé yo.
—Lo sé. Buscaremos también registros del concurso y personas que puedan confirmarlo. No es desconfianza, Vera. Es hacer bien el trabajo.
Yo quería una certeza que pudiera sujetar con las dos manos. Leire me ofrecía pasos. Supuse que eran más útiles, aunque abrigaban menos.
Pensé en Nico. Había movido aquellas cajas y sabía a qué hora solía salir de la bodega. Una vez me había llevado a casa porque llovía.
El miedo empezó a atar cabos por su cuenta.
—¿Y si fue Nico?
Leire dejó la taza.
—¿Qué sabes, aparte de que trasladó cajas?
—Conoce mi rutina.
—Eso es un dato. Que entrara en tu casa es una sospecha. No los mezclemos.
Pasé el resto de la mañana en casa de Berta. Intenté leer, pero llegué tres veces al mismo párrafo sin enterarme de nada. A media tarde recibí un mensaje de Nico: «Necesito explicarte lo de las botellas. Pero donde Tomás no nos vea».
Se lo enseñé a Leire. Ella organizó una reunión en una sala del cuartel de la Guardia Civil. Nico aceptó que yo estuviera presente.
Llegó con una carpeta de plástico apretada contra el pecho. Llevaba las uñas manchadas de vendimia y una chaqueta demasiado fina.
—No he ido a tu casa —dijo antes de sentarse—. Me he enterado esta mañana. Yo no…
—Siéntese —indicó Leire—. Vamos por partes.
Nico dejó la carpeta sobre la mesa.
—Tomás me mandó cambiar botellas en los estuches de presentación. Sacaba unas y ponía otras. Misma etiqueta, misma caja. Me dijo que era una revisión.
—¿Comprobó los números de lote? —preguntó Leire.
—Al principio. Luego me dijo que no perdiera tiempo. Íbamos a contrarreloj.
—¿Y las hojas de existencias?
Nico bajó la mirada.
—Las firmé sin comprobarlas.
Yo noté que se me tensaba la mandíbula.
—¿Por qué?
Él levantó la cabeza.
—Porque mi contrato temporal termina el viernes. Porque mi padre lleva ocho meses buscando trabajo. Porque Tomás dijo que, si quería seguir, tenía que ayudar a cuadrar las cuentas.
La última frase le salió sin aire.
—¿Le pidió que pusiera datos falsos? —preguntó Leire.
—Me dijo que firmara. Que los números ya estaban revisados. Yo quería creerlo.
Conocía aquella vergüenza: la de haber visto una señal y haber elegido mirar hacia otro lado. Tomás me había hablado de las familias de la bodega. A Nico le había recordado la suya.
—Ahora temo cargar con la culpa —añadió—. Las firmas son mías. Él es el dueño y yo solo tengo un contrato temporal.
—Aquí vamos a comprobar los hechos —dijo Leire—. ¿Qué ha traído?
Nico abrió la carpeta.
—Mensajes y copias de albaranes. Este es el de una salida: el documento que firmó el transportista al recoger los palés.
Leire lo acercó para leerlo.
—¿Cómo consiguió la copia?
—Yo preparé la carga. Siempre guardo una copia hasta que la salida queda registrada. También tengo los mensajes originales en el móvil.
En uno, Tomás le ordenaba retirar varias cajas de Linde de Niebla. En otro le pedía que colocara las botellas nuevas antes de que yo llegara.
No demostraban por sí solos qué vino había dentro. Sin embargo, daban fechas, cantidades y nombres que se podían comprobar.
—Quería dar la cara —dijo Nico—. Antes de que alguien dijera que todo lo había organizado yo.
Lo miré.
—He pensado que podías haber entrado en mi casa.
Él se quedó inmóvil.
—Pues no.
—Lo siento. He tratado una sospecha como si fuera una prueba.
—Ya. Soy el chico de las cajas.
No encontré una respuesta que no sonara pequeña.
Leire comparó dos documentos. Uno registraba la salida de Linde de Niebla; el otro, la entrada de un vino de menor precio. Las cantidades parecían encajar demasiado bien. Si aquellos papeles reflejaban lo que había ocurrido, alguien había sacado el vino premiado y había traído otro más barato para sustituirlo.
—Esto nos da datos que podemos comprobar —dijo Leire—. Hablaremos con proveedores y transportistas. También hay que confirmar qué vino contenían las botellas que llevan vuestra etiqueta.
Nico se frotó la cara.
—Yo no quiero cargar con la culpa, pero tampoco quiero esconderme.
—Dar la cara no significa asumir lo que hicieron otros —respondió Leire.
Entonces Nico miró la hora.
—Espera. Lo de los compradores. Tomás cambió la fecha.
Sentí un vacío en el estómago.
—La cata era mañana.
—No empieza mañana —dijo Nico—. Los compradores llegarán dentro de una hora.