Leire miró el reloj, pero no se levantó de golpe.
—¿Quién te ha comunicado el cambio, Nico?
Él le mostró el mensaje. Ella lo leyó, hizo una llamada y pidió que se iniciara una inspección en la bodega. Dio instrucciones para que se conservaran los documentos y se recogieran muestras de las botellas destinadas a los compradores.
—Necesitamos el registro de existencias y los justificantes de entradas y salidas —añadió—. Que no se retire nada sin comprobarlo.
Su calma me ayudaba. Aun así, me temblaban las manos.
—Tengo que recoger mis cosas —dije—. Mis cuadernos, la chaqueta… No voy a seguir trabajando allí.
—Espera a que estén los agentes. Y no te enfrentes a Tomás. Nada de quedarse a solas con él.
—Solo quiero salir de allí.
—Pues procura que siga siendo eso.
Antes de marcharme, envié un mensaje a Tomás: recogería mis pertenencias y hablaríamos de mi salida por escrito. Lo leí tres veces. Era una despedida muy corta para once años.
Cuando llegué al Barrio de la Estación, el aire olía a uva recién prensada y a tierra húmeda. Un remolque avanzaba despacio entre los edificios. Durante unos segundos, todo pareció normal.
Había un vehículo de la Guardia Civil frente a la bodega. Dentro, una agente examinaba documentos junto a la administrativa; otro hablaba con el encargado.
—Vengo a recoger mis cosas —expliqué.
La agente me pidió que esperara mientras lo comprobaba. Al fondo, Nico, que había llegado antes que yo, colocaba copas con las mangas subidas. Me vio y dejó de trabajar.
Levanté una mano para tranquilizarlo. Me habría gustado que aquel gesto sirviera también para mí.
Tomás apareció en la sala de catas. Llevaba la chaqueta azul de las grandes visitas. Le quedaba impecable, lo cual me pareció una falta de respeto por parte de la chaqueta.
—Vera, hija. Menudo día nos estás dando.
No levantó la voz. Sonrió hacia la agente.
—Por supuesto, tienen todo a su disposición. El registro de existencias está en administración. Aquí no escondemos nada.
Traía mi bolsa. La agente comprobó conmigo que dentro solo estaban la chaqueta y mis cuadernos. Después me indicó que podía llevármela y volvió a los documentos.
—¿Podemos despedirnos sin público? —preguntó Tomás.
—Podemos hablar aquí.
Miró las mesas preparadas y bajó la voz.
—Después de tantos años, creo que merezco cinco minutos.
Desde donde estábamos aún se oían las preguntas de la agente.
—Dos —respondí.
Me arrepentí antes de terminar la palabra.
Tomás caminó hacia la puerta de la escalera de la bodega antigua.
—Aquí molestamos.
Lo seguí hasta el primer escalón, con la puerta abierta detrás. No quería quedarme a solas con él; me dije que, mientras oyera a los agentes, no lo estaba. Era una excusa bastante mala. La acepté de todos modos.
—No voy a bajar —dije.
Tomás apoyó una mano en la barandilla.
—Nico ha hablado mucho esta mañana.
Se me secó la boca.
—¿Quién te lo ha dicho?
—¿Crees que no sé lo que pasa en mi propia casa?
Su sonrisa desapareció.
—Ese chico firmó los papeles. Ahora pretende que lo obligué.
—Los agentes comprobarán los papeles.
—Y tú les ayudarás a hundirnos.
Me llegaba desde abajo el olor frío de la piedra y del vino derramado.
—Si hay algo que deba salir a la luz, saldrá.
Tomás soltó el aire por la nariz.
—Vendí gran parte de las botellas de la añada premiada. Necesitaba pagar deudas. Los bancos ya no esperaban, Vera.
Me quedé inmóvil.
—¿Y completaste los otros pedidos con un vino más barato, bajo la misma etiqueta?
—Con vino bueno. No era agua.
—Pero no era Linde de Niebla.
—Si hubiera cancelado los pedidos, habríamos cerrado. ¿Qué habrías hecho tú? ¿Mandar a todos a casa?
Lo miré. Durante años le había oído llamar familia a la plantilla. Ahora utilizaba aquella palabra sin decirla.
—Nos podrías haber contado la verdad.
—Para que tú decidieras por mí.
—Para que pudiéramos decidir por nosotros.
Empujó la puerta hasta dejarla casi cerrada y dio un paso hacia mí. Retrocedí, bajando los pocos escalones que había hasta un pequeño descansillo. Allí había una mesa con botellas abiertas y un fregadero. Dejé la bolsa junto a la pared para tener las manos libres.
—Cuando empezaste con tus dudas, todavía podía arreglarse —dijo—. Ahora esto no tiene vuelta atrás.
—La inspección no ha creado el problema.
Intenté subir y pasar a su lado. Tomás se movió para cerrarme el paso.
—No hemos terminado.
Saqué el teléfono.
Me agarró la muñeca y me lo quitó. Fue rápido. Sentí su pulgar contra el hueso; luego me soltó. El dolor duró poco. El miedo, no.
—Devuélvemelo.
—No hace falta llamar a nadie.
Miré la escalera. Él seguía cerrándome el paso.
—Déjame salir, Tomás.
—Baja la voz.
La suya se había vuelto tan suave que apenas la reconocía.
Pensé en la foto de mi puerta y en los cristales de mi cocina. Si lo acusaba, quizá reaccionaría peor. Necesitaba que alguien me oyera.
—Están haciendo una inspección arriba —dije con claridad—. Te pedirán estas botellas.
Tomás miró la mesa. Después, el desagüe del fregadero.
—Una confusión de muestras. Eso puedes explicarlo tú.
—No voy a mentir.
Se oyeron pasos al otro lado de la puerta. Él giró la cabeza y agarró una botella abierta. Me la puso contra el pecho. Tuve que sujetarla para que no cayera.
Comprendí que quería destruir el vino antes de que los agentes pudieran recoger más muestras.
—Todavía puedes ayudarme —dijo.
Negué con la cabeza. Ya no podía fingir que aquello era una conversación entre compañeros.
Señaló el fregadero.
—Tírala por el desagüe —susurró—. Y después vas a decirles que todo ha sido un error tuyo.