La botella estaba fría contra mis dedos. Tomás seguía señalando el fregadero, como si me pidiera que lavara una copa.
Intenté mantener la calma. Con los clientes nerviosos funcionaban las preguntas sencillas y los silencios largos. Nunca había probado aquel método con alguien que me había quitado el teléfono.
—¿Qué esperas que les diga exactamente?
—Que confundiste las botellas. Estás cansada, Vera. Todos lo entenderán.
Necesitaba ganar tiempo. Al otro lado de la puerta volvió a sonar un paso.
—¿Y los registros? ¿También los confundí yo?
Su boca se tensó.
—Los papeles se arreglan.
—Vendiste el vino auténtico y pusiste otro en su lugar. Me estás pidiendo que asuma una decisión tuya.
—Para que todos pudierais seguir ganándoos la vida.
Hablaba tan bajo que yo tenía que esforzarme para oírlo. El agua goteaba en el fregadero. Olía a vino derramado y a piedra húmeda.
—Podrías haber cancelado los pedidos.
—¿Y dejar a las familias en la calle?
—No sé qué habría pasado. Pero yo no elegí engañar a los compradores.
Miró hacia la puerta.
—Después de todo lo que he hecho por ti…
Sentí la vieja vergüenza, aquella necesidad de demostrar que era agradecida. La reconocí y no contesté.
Dejé la botella sobre la mesa, despacio.
—¿Y ahora quieres que destruya esto?
—Quiero que me ayudes a seguir adelante.
—Eso no es seguir adelante, Tomás.
Se volvió para coger otra botella. Di dos pasos hacia la escalera.
—¡Leire! ¡Estoy aquí abajo!
Tomás dio un golpe seco en la mesa y vino hacia mí. Antes de que pudiera alcanzarme, se abrió la puerta.
—Apártese de ella —dijo Leire.
Otro agente entró detrás. Tomás se detuvo.
—Estamos hablando. Vera se ha puesto nerviosa.
—¿Tiene el teléfono de Vera?
Se lo pidió sin levantar la voz. Mientras el agente se colocaba entre nosotros, Tomás lo sacó del bolsillo y se lo entregó.
Solo entonces noté cuánto me temblaban las manos.
Arriba, Nico esperaba junto a unas cajas vacías.
—Os vi bajar —dijo—. Luego no volvías y… Avisé a Leire.
—Gracias.
—Ya ves. Para una vez que vigilo bien una puerta.
Quise reírme, pero me salió aire.
Leire me acompañó hasta una silla.
—Tendrá que prestar declaración sobre lo ocurrido aquí. Primero, ¿necesita atención médica?
Negué con la cabeza. Luego cambié de opinión: me dolía la muñeca donde Tomás me había sujetado antes.
Mientras un agente pedía asistencia, otros se llevaron a Tomás detenido. No nos miramos.
Aquella noche tuve que prestar declaración. Conté las preguntas, la botella, el teléfono. Cuando no recordaba una palabra exacta, lo decía. Leire no parecía esperar una narración perfecta.
—¿Lo de hoy basta para demostrar lo del vino? —pregunté.
—Son hechos distintos. Investigamos ambos.
Me explicó que ya habían documentado diferencias entre las existencias registradas y las reales, conservado los mensajes de Nico y obtenido registros de los proveedores. Las comparaciones del laboratorio se completarían con muestras recogidas oficialmente. También seguían investigando las amenazas y la entrada en mi casa.
—No depende de que él admita nada —añadió.
Me apoyé en el respaldo. Por primera vez en horas, no tenía que ganar tiempo.
Varias semanas después, Haro olía a hojas mojadas. Junto a algunos remolques todavía quedaban uvas caídas. En las terrazas de la plaza de la Paz ya buscábamos el sol.
El procedimiento por fraude seguía abierto. También se habían incorporado pruebas que relacionaban a Tomás con las amenazas. Tenía prohibido acercarse a mí o comunicarse conmigo. Mi puerta estaba reparada y yo volvía a dormir, aunque algunos ruidos todavía me despertaban.
La bodega tenía pedidos suspendidos y salarios pendientes de pago. Dos compañeros habían encontrado trabajo; otros esperaban noticias. No había una solución fácil para todos.
Yo había empezado a organizar pequeñas catas independientes. Ganarse la vida por cuenta propia estaba resultando menos elegante de lo que sugerían mis tarjetas: llevaba copas en cajas de fruta y discutía con una impresora que siempre ganaba.
Nico me ayudaba entre entrevistas de trabajo.
—¿Cuántas sillas? —preguntó mientras preparábamos nuestra primera cena.
—Cuatro.
—Entonces pondré cinco. Siempre aparece alguien que dice que no va a comer.
Berta llegó con pan y un vino barato cuya etiqueta explicaba claramente su origen.
—Sin premios —anunció—. Podrás mantener la calma.
Leire vino después, fuera de servicio, con una bolsa de peras. Antes de sentarse dejó el teléfono dentro del bolso.
Serví las patatas a la riojana. Subió el vapor, con olor a pimentón y chorizo. Berta probó una cucharada.
—Saben a gloria.
—Todavía no has probado el vino.
—Estoy ganando tiempo.
Nos reímos. Acerqué mi copa a la nariz y encontré fruta, un poco de madera, nada extraordinario. Lo probé sin buscar un engaño.
—Está bueno —dije.
Y lo disfruté sin tener que demostrar nada.
—Habrá que brindar por algo —propuso Nico.
—Por seguir adelante —dijo Berta.
—Y por quienes no están aquí —añadí—. Todavía hay gente pasándolo mal.
Chocamos las copas con cuidado. Después siguieron las conversaciones: una entrevista, una receta, el vecino de Berta que cantaba mientras barría. Yo escuchaba y comía. El vino había vuelto a ser una parte de la mesa, no el centro de mi miedo.
Nico levantó una botella sin etiqueta.
—Esta la ha hecho mi padre. ¿Te atreves?
Me reí y acerqué las copas.
—Claro. Pero aquí contamos toda la verdad.