El avión finalmente despega. Después de comer, intento dormir, pero no puedo. Entonces saco mi teléfono y empiezo a escribir sobre mi vida diaria.
Normalmente me despierto a las siete y media de la mañana.
Lo primero que hago es mirar el teléfono, aunque sé que no es una buena costumbre.
Después me levanto, voy al baño y me ducho.
Después preparo el desayuno. Algunos días desayuno huevos y pan. Otros días solamente tomo café y como una pieza de fruta.
Mientras desayuno, pienso en lo que tengo que hacer durante el día.
Trabajo con el ordenador, así que paso muchas horas sentado.
Empiezo a trabajar aproximadamente a las nueve.
Normalmente tengo reuniones, respondo mensajes y trabajo en diferentes proyectos.
A veces tengo tanto trabajo que olvido levantarme de la silla.
Estoy intentando cambiar eso.
Cada hora quiero levantarme, caminar un poco y beber agua.
A la hora de comer, tengo varias opciones.
Puedo cocinar en casa.
Puedo pedir comida.
O puedo salir a un restaurante.
Cuando voy a un restaurante en España, intento pedir en español.
Por ejemplo:
—Hola, buenas tardes. ¿Tenéis mesa para dos?
—Sí, claro. Por aquí, por favor.
Después de sentarme, digo:
—¿Me puede traer la carta, por favor?
El camarero trae la carta.
Después pregunto:
—¿Qué me recomienda?
Todavía me resulta difícil entender todas las respuestas.
A veces el camarero responde muy rápido:
—Pues mira, hoy tenemos merluza a la plancha, entrecot con patatas, arroz con verduras y de primero puedes elegir entre ensalada, sopa o croquetas.
Y yo pienso:
“¿Qué acaba de decir?”
Pero sonrío y digo:
—Perdona, ¿puedes repetirlo un poco más despacio?
Esta frase me salva muchas veces.