El perro está en mi silla. Yo estoy de pie.
—¿Te gusta mi casa? —pregunto.
El perro mueve la cola.
Pongo agua en una taza. La pongo en el suelo.
—Aquí tienes agua.
El perro baja de la silla y toma agua. Después mira mi pan.
—No, este pan no es para ti.
Pongo el pan en la mesa. El perro vuelve a la silla.
Alguien toca la puerta. Es Luis.
—Hola, Sofía. ¿Todo bien?
Mira al perro. Después me mira a mí.
—Ah, tienes una visita.
—Sí. Pero ¿de quién es?
—No sé.
Luis mira la otra silla. La pone junto al perro.
—Señor perro, esta es mi silla. También es para usted.
El perro no baja de mi silla.
—No quiere tu silla —digo.
—Tiene buen gusto —dice Luis.
Me río. El perro mueve la cola otra vez.
—Es pequeño, blanco y muy bueno —digo.
—Sí. Pero ¿dónde vive? Vamos a preguntar.
Salimos con el perro. Primero vamos a la puerta de Rosa.
—Rosa, ¿está usted en casa? —pregunto.
Toco la puerta. Nadie abre. Toco otra vez.
—Está en el mercado —dice Luis.
—¿También hoy?
—Sí. Le gusta mucho el mercado.
El perro mira la puerta. Después se sienta.
—¿Vamos? —pregunto.
El perro viene conmigo.
Vamos al departamento de arriba.
—La puerta está cerrada —dice Luis.
Toco la puerta. Un hombre abre un poco.
—Buenas tardes. ¿Este perro es suyo? —pregunto.
—No. No tengo perro.
—¿De quién es? —pregunta Luis.
—No sé.
Una mujer sale del departamento de al lado.
—Buscamos la casa de este perro —digo.
—¿Cómo es? —pregunta.
El perro está detrás de mis piernas.
—Es pequeño, blanco y muy bueno.
El perro sale y mira a la mujer.
—Ah, qué bonito. Pero no sé de quién es.
Bajamos. Preguntamos en otro departamento. Nadie conoce al perro.
Junto a la entrada hay una mesa pequeña.
—Vamos a poner un papel aquí —digo.
Luis busca un papel. Yo escribo: «¿De quién es? Perro pequeño, blanco y muy bueno. Está con Sofía».
Pongo el papel junto a la puerta.
—Ahora vamos a casa —digo.
El perro sube conmigo.
En casa, toma más agua. Después duerme bajo la silla.
El miércoles por la mañana, abro mi puerta.
El perro sale. Espera junto a la puerta de Rosa.
Abajo hay mucho ruido. Alguien entra con muchas bolsas.
—¡Ay, estas bolsas! —dice Rosa.
Bajo un poco.
—¿Necesita ayuda?
El perro baja también.
Rosa pone las bolsas en el suelo. No camina.
Rosa mira al perro.
—¡Tú! ¿Qué haces aquí?