El Mercado Benito Juárez huele a fruta, pan y chiles secos. Inés camina entre los puestos con Mateo. Lleva la hoja del cuaderno dentro de su bolsa.
—Vamos a comprar poco —dice—. Primero voy a practicar.
Mateo mira un puesto de chocolate.
—Y yo voy a probar.
—Todavía no hemos comprado nada.
—Puedo empezar aquí.
Inés sonríe. En el mercado, hablar con Mateo parece fácil.
Una mujer les muestra varios chiles secos.
—¿Cuánto cuesta el cuarto de kilo? —pregunta Inés.
—Cuarenta pesos.
—Un cuarto de kilo, por favor.
La mujer pesa los chiles. Inés observa su color oscuro.
—Son para preparar mole —dice Inés.
—Entonces también necesitas semillas —responde la mujer.
Inés compra cien gramos de semillas de ajonjolí por quince pesos. Después van al puesto de chocolate. Allí pide doscientos gramos.
—Treinta pesos —dice el vendedor.
Mateo disfruta del olor dulce.
—Ya tenemos chiles, semillas y chocolate. Solo falta el cuaderno.
Inés toca su bolsa.
—Y tenemos una hoja manchada.
—Quizás alguien ha vendido el cuaderno en el mercado.
—¿Quién compra un cuaderno viejo?
—Un cocinero famoso. Uno que no recuerda nada sin sus recetas.
—Ese cocinero soy yo.
—Entonces quizás lo ha robado una gallina.
Inés lo mira.
—¿Una gallina?
—Para aprender a cocinar. Así nadie va a comerla.
La risa de Teresa llega desde el siguiente puesto.
—¡Mis dos compradores favoritos!
Su tía lleva una canasta grande. Dentro hay bolsas de chiles y semillas.
—¿Ya tienes todo para ganar? —pregunta Mateo.
—Casi todo. Me falta espacio para el premio.
Teresa toca con cariño el hombro de Inés.
—¿Y tú? ¿Cómo va ese mole?
—Voy a practicar hoy.
Mateo mira dentro de la canasta.
—¿Cuánto chocolate llevas?
Teresa acerca la canasta al cuerpo y la cubre con un paño.
—El necesario, curioso.
Inés ve un hilo azul alrededor de la agarradera. Tiene el mismo color que el hilo de la hoja.
Abre la boca, pero Teresa ya está pagando.
De vuelta en casa, Inés deja los ingredientes junto a Elena.
—He visto un hilo azul en la canasta de Teresa.
—Hay muchos hilos azules —dice su abuela.
Inés no responde. Primero necesita cocinar.
Quita las semillas de los chiles y pone los chiles en agua caliente. Después tuesta el ajonjolí: calienta las semillas en una sartén sin aceite.
Las semillas saltan un poco y sueltan un olor rico.
Mientras busca el chocolate, algunas se ponen muy oscuras.
Inés muele los chiles y las semillas en la licuadora con un poco de agua. Pone la mezcla en una olla y añade el chocolate. Cocina todo a fuego bajo.
Más tarde, el mole parece bonito. Inés prueba un poco con una cuchara.
Está amargo. Muy amargo.
—No voy a participar —dice bajito—. Esto no sirve.
Elena prueba también. Después mira la sartén.
—Ven. Mira estas semillas.
Quedan unas pocas, casi negras.
—Las he quemado —dice Inés.
—Sí. Las semillas necesitan poco tiempo. Y tus ojos.
Inés baja la cabeza.
—He buscado el chocolate y no he mirado la sartén.
—La próxima vez, deja todo cerca. El fuego no espera.
Inés vuelve a probar el mole. Ahora reconoce el sabor de las semillas quemadas.
—Entonces no necesito más chocolate.
—Necesitas no quemar las semillas.
Esa noche, Inés todavía piensa en el hilo. Finalmente sale hacia casa de Teresa.
Va a preguntar. Solo eso.
La puerta de la cocina está abierta. Huele a chile y chocolate.
Inés da un paso. Sobre la mesa hay un paño blanco.
Debajo se ve la tapa del cuaderno, con una esquina doblada.
El cuaderno está en la cocina de Teresa. ¿Por qué lo tiene ella?