Inés mira el cuaderno desde la puerta. Después mira la calle.
Puede irse. Puede volver mañana.
Pero ha pasado tanto tiempo buscando con su abuela.
—Tía… ¿por qué tienes el cuaderno?
Teresa se vuelve. Tiene una cuchara en la mano.
—¡Inés! Estoy… preparando unas cosas.
Inés señala el paño blanco.
—El cuaderno de la abuela. Está ahí.
Teresa deja la cuchara. Por una vez, no tiene una respuesta rápida.
—Sí. Lo tengo yo.
—¿Y no has dicho nada?
Teresa levanta el paño. La tapa está limpia, pero algunas páginas tienen manchas.
—El domingo, durante la comida, tiré salsa sobre él. Fue un accidente.
Inés se acerca. Un hilo azul une las páginas.
—¿Y esto?
—He intentado reparar el cuaderno con hilo. Hay varias páginas sueltas.
Inés saca la hoja de su bolsa.
—Hemos encontrado esta debajo de la repisa.
Teresa toca la esquina.
—Empecé a reparar el cuaderno allí, junto a la repisa. Esa hoja tiene un poco de hilo.
—Y después se cayó —dice Inés.
—Sí. No la he visto hasta ahora.
Inés mira la mancha oscura. No es un gran misterio. Es salsa.
—¿Por qué te lo has llevado?
—Para limpiar la tapa y secar las páginas. Sin pedir permiso.
Teresa baja los ojos.
—He puesto paños entre las hojas para secar el papel.
—¿Desde el domingo?
—Sí. Primero he intentado arreglarlo todo. Después… me ha dado vergüenza hablar. He esperado demasiado.
El corazón de Inés va muy rápido.
—Todos hemos estado preocupados —dice, esta vez con voz clara—. La abuela y yo hemos buscado por todas partes.
—Tienes razón. Tengo que pedir perdón.
Teresa cierra el cuaderno con cuidado.
—Voy contigo. Voy a devolver esto ahora.
Elena está en su cocina, calentando tortillas.
Teresa deja el cuaderno frente a ella y explica todo.
—Quiero pedirles perdón a las dos. He hecho mal.
Elena abre el cuaderno.
—La próxima vez, puedes traer también la salsa. Pero avisa.
Teresa se ríe un poco.
Inés también sonríe. Luego busca la página del mole negro.
Su sonrisa desaparece.
—Aquí no se ve la cantidad de semillas.
Pasa un dedo junto a otra mancha.
—Y esta cantidad tampoco. ¿Cuánto chocolate necesito?
Elena acerca la página a la luz.
—Eso ya no se puede leer.
—Entonces la receta no está completa.
—No se puede leer todo —dice Elena—. Pero tú has cocinado conmigo muchas veces.
—Pero no recuerdo todo.
—Yo tampoco uso siempre las mismas cantidades. Pruebo y cambio un poco.
Al día siguiente, Inés prepara otra olla pequeña de mole.
Esta vez deja todos los ingredientes cerca. Tuesta las semillas y las mira con atención.
—Hoy no se van a quemar —les dice.
Elena sonríe, pero no toca nada.
Inés usa las notas que puede leer. Para lo demás, recuerda y prueba.
Añade un poco de chocolate. Mezcla bien, hasta el fondo de la olla.
Prueba otra cucharada. El mole ya no está tan amargo.
Teresa llega con una bolsa de chiles.
—Puedo enseñarte mis cantidades.
Inés prueba un poco más.
—Gracias, tía. Pero voy a seguir con esta receta.
Ahora su voz sale firme.
La mañana del concurso, la cocina huele a chocolate y chile.
Inés prueba el mole. Sonríe.
—Ya está.
Levanta la olla con dos paños, lista para llevarla.
Entonces nota otro olor. Lo conoce demasiado bien.
Deja la olla sobre la estufa.
Inés apaga el fuego. El fondo de la olla huele a quemado.